Compatibilidad

Compatibles, complementarios o incompatibles: cuatro formas de encontrarse

La diferencia entre compatibilidad, complementariedad, incompatibilidad y no relación en una pareja, y por qué ninguna decide el destino.

Compatibilidad

La compatibilidad aparece en lo que nos resulta agradable compartir: «A esta persona le gusta lo mismo que a mí». Puede apoyarse en gustos actuales y también en hábitos aprendidos en la crianza.

Quizá los dos venimos de familias que dieron importancia al arte, la cultura, el desarrollo intelectual o el deporte. Tal vez crecimos en condiciones socioeconómicas parecidas o aprendimos maneras similares de tomar decisiones. Compartir esas referencias facilita el encuentro: hay asuntos sobre los que casi no necesitamos explicarnos.

Podemos reconocer esas referencias en preguntas muy concretas. ¿Cómo se trataba la sexualidad en nuestras familias? ¿Nuestros padres expresaban su cariño en público o casi nunca vimos muestras de afecto entre ellos? ¿Se hablaba del dinero abiertamente o se ocultaban los asuntos económicos? ¿Las decisiones se tomaban de común acuerdo o una sola persona dirigía la vida de la casa?

También influyen los hábitos y rituales que comparte una comunidad, un país, una religión o un grupo social: las celebraciones, las costumbres y ese modo de hacer las cosas que sentimos propio. De ahí nacen expresiones como «en mi familia», «en nuestra comunidad» o «en nuestro país».

Estos acuerdos tácitos pueden hacernos sentir que somos una pareja «normal». En realidad, la palabra revela cuánto se parece la relación a lo que aprendimos a reconocer como familiar. Al ver ese origen, puedes preguntarte qué costumbres quieres conservar y cuáles necesitan una conversación con tu pareja.

Complementariedad

En el inventario 1, la complementariedad se relaciona con la imagen de la pareja ideal. Podemos desear lo que nos faltó en la infancia o buscar una experiencia distinta de la que nos causó dolor.

Si uno de nuestros padres estuvo ausente, quizá valoremos especialmente la presencia y la disponibilidad. Si hubo infidelidad, podemos dar un lugar central a la fidelidad y al cumplimiento de lo acordado. Si crecimos cerca de adicciones, maltrato o abuso físico o emocional, es comprensible que deseemos una relación en la que esas experiencias no se repitan.

Al describir a nuestra pareja ideal, a veces insistimos más en lo que no debe hacer que en lo que quisiéramos construir juntos. La imagen se organiza alrededor de lo que nos hirió.

Sin embargo, lo que deseamos y lo que elegimos no siempre coinciden. Podemos sentir atracción por una relación que repite una dinámica conocida y, al mismo tiempo, esperar que esta vez termine distinto. Preguntarnos qué esperamos que cambie esta vez permite revisar nuestras elecciones, en lugar de atribuirlas a la suerte, al karma o al destino.

Los cuentos de hadas y algunas películas alimentan la esperanza de que cualquier dificultad se resolverá al final: la bestia se convertirá en príncipe, la rana en princesa, las diferencias desaparecerán y quien hizo daño cambiará gracias al amor. Esa promesa puede acompañarnos incluso cuando la vida cotidiana da señales que necesitamos atender.

Incompatibilidad

Los mismos aspectos que generan afinidad pueden volverse fuentes de tensión cuando se aprendieron de manera diferente. Lo que una familia considera fundamental puede ser secundario para la otra. Pasa con las creencias, los valores, las condiciones socioeconómicas y las costumbres de todos los días.

Pensemos en el dinero. En una familia puede haberse usado sobre todo para la comida, la vivienda y la educación; en otra, también para mostrar una posición social. Al formar pareja, esas prioridades pueden chocar si cada persona da por hecho que su criterio es el adecuado.

Algo parecido sucede con las emociones. ¿En nuestra familia se permitía expresar el amor, la rabia, la tristeza o el miedo? ¿O se aprendía a esconderlos e ignorarlos? Lo que para alguien es sinceridad, para su pareja puede ser una exposición incómoda; lo que una persona entiende como prudencia, la otra puede vivirlo como distancia.

También importa cómo se enfrentaban los desacuerdos. Quizá en una casa los padres conversaban a puerta cerrada y esperaban a que se calmaran los ánimos, y en la otra los conflictos se discutían a gritos, delante de toda la familia. Al encontrarse, las dos personas pueden repetir esas formas aprendidas sin entender la reacción de su pareja.

Las diferencias culturales piden la misma atención. En algunos entornos se valora la reserva; en otros, una expresión afectiva más abierta. Los protocolos de la llamada «buena educación» tampoco son iguales en todos los grupos sociales. Cuando damos por universal nuestra propia costumbre, es fácil concluir que algo anda mal en la otra persona, en su familia o en su comunidad.

Cuando una costumbre te desconcierte, puedes preguntar cómo se vivía ese asunto en la familia de tu pareja. Su respuesta puede mostrarte algo que nunca habías necesitado explicar en la tuya.

Cuatro posibilidades de interacción

Al comparar esos factores en dos cartas uso cuatro términos: compatibilidad, complementariedad, incompatibilidad y no relación.

Compatibilidad

Llamo compatibilidad a los aspectos asociados con afinidad, atracción y gusto por compartir. Su expresión es emocional: disfrutamos la compañía y encontramos cosas que nos agrada hacer juntos.

Estos puntos de encuentro tienen valor incluso cuando hay conflictos. Nos recuerdan que el vínculo también tiene experiencias agradables y espacios a los que ambos deseamos volver.

Complementariedad

La complementariedad aparece cuando una diferencia despierta atracción. Lo dice el dicho «los opuestos se unen». Una vez escuché a Germán Rosas decir, parafraseando a una terapeuta de pareja: «por las diferencias se unen y las diferencias los separan».

Si hablo poco y soy tímida, puedo sentirme atraída por una persona expresiva y extrovertida. Al principio admiro su facilidad para acercarse a los demás. Con el tiempo, sin embargo, esa misma característica puede incomodarme si espero que cambie y se comporte como yo.

La diferencia que nos acercó necesita un lugar en la relación. En un equipo de trabajo podemos valorar que alguien haga con facilidad lo que a nosotros nos cuesta. En la pareja también existe esa posibilidad, aunque las expectativas y las emociones hagan más difícil aceptarla.

El conflicto se agudiza cuando creemos que nuestra forma de hacer las cosas es la única correcta. Entonces dejamos de ver cómo nos complementamos y empezamos a juzgar lo diferente como un error que la otra persona debe corregir.

Incompatibilidad

Llamo incompatibilidad a los factores cuya interacción produce incomodidad, rechazo o falta de armonía. Puede aparecer en uno o en varios de los seis niveles y sentirse como un ruido persistente en la relación.

Pensemos en la movilidad. En este sistema, un predominio de hidrógeno se asocia con reacciones rápidas, gusto por la actividad y deseo de movimiento. Una persona con esa tendencia puede querer salir temprano los fines de semana y aprovechar el día en actividades físicas. Si su pareja tiene un predominio de agua, quizá prefiera descansar, llevar un ritmo pausado y pasar el fin de semana en casa.

Cada una intenta responder a una necesidad diferente. La tensión crece cuando empiezan los juicios y la exigencia de que la otra persona adopte el mismo ritmo. Llegan las cantaletas: «Eres muy lento», «Todo el tiempo estás corriendo», «No te gusta salir», «Prefieres a tus amistades», «Eres aburrido» o «Solo te importa el trabajo».

Lo mismo puede pasar con el modo de comer, hablar o acariciar. Las observaciones se repiten hasta que gran parte del tiempo compartido se dedica a señalar lo que molesta. La diferencia deja de ser un asunto sobre el que se conversa y se vuelve una descalificación de la persona.

Al inicio de una relación solemos pasar por alto algunas incompatibilidades, tanto del inventario 1 como del inventario 2. Podemos pensar que, con el tiempo, la otra persona cambiará y todo estará bien. Hablar de esas diferencias desde el comienzo ayuda a distinguir los acuerdos posibles de los cambios que solo esperamos que la otra persona haga.

No relación

En una comparación de cartas, algunos factores no hacen contacto con los de la otra persona. A esta ausencia de interacción entre factores específicos la llamo «no relación».

El término se refiere a esos puntos de la comparación. Para comprender el vínculo completo hay que considerar también los contactos que sí aparecen y la manera en que las dos personas viven su relación.

Para mirar tu propia historia

  • ¿Qué costumbre de mi familia daba por evidente y descubrí que mi pareja vivía de otra manera?
  • ¿Qué diferencia me atrajo al comienzo y hoy le reclamo? ¿Qué cambió en lo que espero de ella?

Lleva esas preguntas a situaciones concretas. Una conversación sobre lo que pasó ayer puede mostrar más que una etiqueta general sobre cómo es cada uno. Con esa historia presente, puedes acercarte a los perfiles astrológicos y preguntarte qué te ayudan a reconocer en la persona que amas.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre compatibilidad y complementariedad?

Al comparar esos factores en dos cartas uso cuatro términos: compatibilidad, complementariedad, incompatibilidad y no relación.

¿Una incompatibilidad significa que la relación no funcionará?

Llamo incompatibilidad a los factores cuya interacción produce incomodidad, rechazo o falta de armonía. Puede aparecer en uno o en varios de los seis niveles y sentirse como un ruido persistente en la relación. Pensemos en la movilidad.